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jueves, 3 de junio de 2010

VIVENCIAS

Yo no me fui de picos pardos en la mañana del 25 de febrero del corriente año de 2010. En la mañana del 25 de febrero de 2010, a eso de las 12,30, después de despedirme de los amigos del Messenger, cerraba mi ordenador y salía con mi esposa hacia el Centro Médico de la Seguridad Social de Martorell, para saber el resultado de la biopsia que le había sido practicada semanas atrás, por un tumor de mama.

Llegados a la consulta, mientras ella era atendida por el médico, yo, en la sala de espera, preso de un gran nerviosismo, me sentía tan mal que decidí para tranquilizarme salir al exterior a respirar el aire fresco. Estaba así procurando relajarme, cuando vi salir por la puerta del hospital a una mujer joven que venía hablando por su teléfono móvil. Llegó hasta donde yo estaba y se paró a hablar allí, junto a mí. La tenía tan cerca que yo, aún sin querer oír lo que ella decía, me enteraba de toda su conversación. Al parecer, había ido al hospital por el mismo motivo que mi esposa y en aquel momento le estaría contando a algún ser querido que los resultados de su exploración oncológica habían sido buenos y esperanzadores. De repente, estando en ese punto, súbitamente cortó la conversación, cerró el móvil y se puso a llorar apoyada en la pared. Yo oía sus sollozos y me sentía conmovido, sin saber qué hacer; después de unos minutos así ella se volvió y cruzamos la mirada, le hablé balbuceando torpemente, lo que se suele decir en estos casos: le dije que todo iba a ir bien, que no se desanimara, etc...

Y entonces ella me contó que le habían detectado varios tumores (en su garganta había señales de una traqueotomía) y mientras me contaba cosas, sacó un cigarrillo y me pidió fuego. Le dije que no, que  hacía ya años que yo no fumaba, que lo había dejado y que, por su propio bien, ella debería hacer un esfuerzo para dejarlo.
Me contó que hablaba con su madre por el móvil; que su marido la había abandonado hacía pocos días y que se encontraba sola con dos niñas de corta edad. Estuvimos así un rato; ella hablaba y yo la escuchaba. Y yo no sabía qué hacer porque ella seguía hecha un mar de lágrimas.
 
De pronto, inesperadamente, me tendió los brazos y me abrazó largamente; me dio un beso al tiempo que me decía que se marchaba, que iba a tomarse algo fuerte para olvidar. Y antes de que yo reaccionase, la vi bajar apresuradamente por las escalinatas del hospital, perdiéndose rumbo a no sé donde.

Al rato salió mi mujer del hospital, con la buena noticia de que el resultado de su biopsia había sido negativo y que el médico la había citado de nuevo para dentro de seis meses.

Al mirarme a la cara me vio los ojos llorosos y me preguntó qué me pasaba y yo le conté el drama del que había sido testigo una escasa media hora antes...

Miguel Ramos

jueves, 3 de diciembre de 2009

ALMANZOR


Si ya es difícil estudiar con criterio imparcial la Historia de España, harto dificultoso es el estudio de un personaje como Almanzor que vivió en pleno siglo X, en una época en la que reinaba la más absoluta oscuridad histórica. Sin embargo, nos ha quedado  testimonio de historiadores tales como Ibn Hayyan (La gesta de los Amiríes) ó Ibn al -Jatib. También, por parte cristiana, en lo concerniente al personaje, nos quedaron los antiguos cronicones escritos por los monjes medioevales, que en nuestros días se nos ofrecen con mayor o menor grado de verosimilitud. 

A Muhammad Ibn Abú Amir, Almanzor, se le supone nacido en un territorio llamado “Turrush” cercano, al parecer, a Algeciras. Algunos aseguran que era natural de Torrox, provincia de Málaga, hijo de una familia árabe originaria del Yemen. Fue un joven brillante, licenciado en Derecho y en Letras en la Universidad de Córdoba y destacó tanto por sus cualidades que pronto iniciaría  una fulgurante carrera política que lo llevaría a la Corte del Califa, Alhakem.

A la muerte del Califa se disputaron el trono el hermano del fallecido, el gran visir Cháfar y su jefe militar, un prestigioso general, llamado Galib.

El joven Almanzor, sabedor de lo que más le convenía, supo maniobrar entre los dos principales poderes políticos, tomando partido por el militar, desposándose además con una de sus hijas. Una vez consolidado Galib en el poder, Almanzor se enfrenta con las armas a su suegro, infligiéndole una derrota en la famosa batalla de San Vicente, en la que perece el propio Galib. En un gesto de crueldad inaudita, Almanzor le envía la cabeza de éste a Asma, su esposa, la hija del infortunado general.

A partir de entonces, se erige en el dueño y señor absoluto de Al-Andalus, confinando  al Califa-niño, Hixem II, allá en los palacios dorados de la Medina Azahara.

Y también es a partir de ahí, a finales del siglo X,  cuando la cristiandad padece una a  una las 56 campañas del invicto caudillo amirí. Él asoló ciudades y fue arrebatando uno por uno a reyes y condes cristianos, los territorios que tan arduo trabajo había costado fundar y repoblar.

La hegemonía leonesa estaba herida de muerte por Almanzor. El Manssur (El Victorioso) atacó Santiago de Compostela, destruyó la iglesia y llegó ante el sepulcro del Apóstol Santiago, que no llegó a destruir. Dice la leyenda, que un rayo cayendo entre su caballo y la tumba del Apóstol  lo hizo marchar de allí, preso de un miedo supersticioso. Mientras tanto, los cristianos, también sumidos en un miedo pavoroso, se refugiaban tras las murallas de Lugo, amedrentados ante el poderío del musulmán.

Finalmente, se acabaría el constante martilleo islámico sobre los territorios cristianos, cuando en su 56ª campaña, regresaba a Córdoba, después de haber destruido el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Las crónicas musulmanas nos dicen: “En la campaña quincuagésimo sexta, en la que falleció, había salido de Córdoba estando ya enfermo, víctima de una peste asquerosa,  y aun así hizo botín. Empero la enfermedad lo obligaba a regresar a Córdoba, pero murió y fue enterrado en la frontera, en Medinaceli, el veintisiete del Ramadán del año 1002”.

Sobre su tumba se escribió:
“Sus hazañas te informarán sobre él,
como si con tus propios ojos lo estuvieras viendo.
¡Por Allah, que nunca volverá a dar el mundo nadie como él
ni defenderá las fronteras otro que se le pueda comparar!

Por su parte, los Cronicones y Anales cristianos consignaron:
“Engendro diabólico, movido por el genio del mal, atraía a los cristianos con una tolerancia aparente y al mismo tiempo profanaba sus santuarios.
Pero al fin la divina piedad se compadeció de tanta ruina, y  pasados doce años pereció  con su ejército, golpeado por el Señor”.

Y el Cronicón Silense señaló con terrible brevedad:
“Año 1002, mortus est Almanzor et sepultus est in inferno” 


Miguel Ramos

miércoles, 7 de octubre de 2009

HISTORIAS DE LA PUTA MILI




En el Regimiento de Infantería Barbastro 43, los quintos, los milicos, como dirían los latinoamericanos, pasaban hambre de varios tipos; el lector ya me entiende.
En el Regimiento de Infantería Barbastro 43, una tarde que el corneta tocó a paseo, el soldado andaluz Delfín Trigueros salió escopeteado del cuartel en dirección al pueblo. Iba cargado de buenas intenciones. Él tan solo quería ver, andar y tomarse unos vasitos de clarete en alguna de las tabernas. Por el camino, iba tarareando la canción de Perales: ....Y los domingos... a pelear hembras.....

Pero hete aquí que al pasar cerca de la Estación del Ferrocarril divisó una moza garrida, loçana e bien colorada, que diría el Arcipreste de Hita.
Pechaba la moza con un voluminoso equipaje; un voluminoso equipaje que a duras penas podía mover e iba arrastrándolo hacia el tren que la llevaría al pueblo más cercano, distante a 20 kilómetros.
Trigueros, al ver aquella odalisca tetuda y culona en tales apuros, no se lo pensó dos veces y se ofreció caballerosamente a ayudarla en aquel trance.

- Muchas gracias, soldado, por tu ayuda. Me llamo Conchita Puig.
- Delfín Trigueros, pa comete, perdón, pa servite.

Total: que en un santiamén, ya habían tomado asiento en el vagón, enzarzados en una animosa e íntima charla. Y hablaron durante tanto y tanto rato, que no se apercibieron de que el factor de la estación ya había dado vía libre al tren para salir. Se apercibieron de ello al sentir la brusca sacudida del tren al arrancar.
Viendo Trigueros, horrorizado, que el tren ya estaba cogiendo carrerilla, camino de Monzón, quiso tirarse por la ventanilla; pero la chica le tenía asida la mano....

- Quédate aquí conmigo. Cuando lleguemos a Monzón, tomas el tren de vuelta.
- Si, sí. ¡Cómo no! Claro que sí, Conchita... mmm… Dame un beso.....

Y así, entre besitos y arrumacos, se le pasó volando la tarde a Delfín.
De vuelta al cuartel, ya de noche cerrada, el centinela le echó el alto.

- ¡Alto ahí! Cabo de Guardia: avisa al Teniente. Dile que ha regresado Delfín, el desertor.



Salió el teniente Custodio, con cara de pantera sonámbula.

- ¿Quién vive?
- Lo que es por la presente, me figuro que vivo, mi teniente. Aquí se presenta el soldado Delfín Trigueros.

El teniente Custodio tenía muy mala leche. Desenvainó el sable y apuntando a la garganta de Delfín, le espetó,

- ¡Soldado: abróchate la bragueta del pantalón! ¿Cómo es que llegas a estas horas al cuartel, ein? ¿Ein?
- Verá usted, mi teniente... He conocido a una chavala; me enrollé tanto con ella que se me pasó la hora de regresar.
- ¡Ah! Con que esas tenemos, ¿eh? Y dime, ¿te la has tirado? ¿Sí o no?
- Pos no, mi teniente. Acababa de conocerla... Comprenderá usted...
- ¡Cabo de Guardia! -rugió el teniente Custodio- Arreste a este perdedor y enciérrelo en el calabozo. Y que mañana le rapen la cabeza al cero.

Y así fue como le dejaron la cabeza como una bola de billar. La primera y única vez que le cortaron el pelo al cero al soldado andaluz Delfín Trigueros.
Después de este episodio, recibió varias cartas apasionadas de Conchita Puig, pero él ya no le hizo el menor caso. Él tenía ya su novieta en Cataluña, que estaría esperando a que lo licenciaran, con la flor Edelweis oculta entre las páginas de un libro cualquiera.

MIGUEL RAMOS

viernes, 4 de septiembre de 2009

HACE AÑOS

Hace años, quise hacerme de un buen perro guardián para la casita que había comprado en pleno campo. Me dirigí a la Sociedad Protectora de Animales, de Barcelona en un lugar cerca del Tibidabo, con la idea de adoptar uno. Al llegar a las puertas del centro, vi a un perro de mediana alzada, que estaba allí, atado a un árbol, al lado de la misma puerta. Era un ejemplar mezcla de pastor alemán y belga, una preciosidad. Se le veía bien cuidado. Su dueño, posiblemente quiso deshacerse de él, váyase a saber por qué causa, y lo dejó allí, abandonado a su suerte. Me acerqué a él y lo acaricié. No dio muestra de agresividad alguna y lo desaté, con la idea de llevarlo conmigo. Pero antes llamé al timbre del Centro para notificarlo. A mi llamada acudió un tipo, con cara de pantera sonámbula al que le dije que quería adoptar al perro en cuestión que estaba abandonado allí a las puertas del Centro. Empezó a gritarme y a acusarme de no sé que cosas…
Viendo como se puso el tipo me di media vuelta y me encaminé hacia mi coche con la idea de mandarlo todo a paseo. Pero hete aquí que el perro, al ver que me iba, me siguió, ante la desesperación del sujeto, que asomado a la ventana seguía con sus gritos. Llegué al coche y al abrir la portezuela el perro se coló adentro. Arranqué y me fui de allí a toda pastilla. Por el retrovisor aún veía al sujeto jurando en arameo. Me llevé a Nicky a mi casita y se adaptó muy bien. Pero el final de esta historia es triste. Porque la finca no estaba vallada y Nicky cada noche se escapaba para hacer sus correrías nocturnas. Algunos días aparecía con un conejo en la boca, que había cazado por el monte. Pero un día me avisaron de que había un perro herido en la carretera, que quizá podría ser el mío, Nicky. Cogí el coche y me acerqué al lugar del accidente. Y, efectivamente, allí estaba, moribundo. Había sido atropellado por un coche. Llegué a tiempo de recibir el último lametón de su vida, que me lo dio en la mano.

MIGUEL RAMOS

AMORES FALLIDOS

En una tarde calurosa del mes de Agosto, me encontraba sentado en la terraza de un bar de la parte de alta de Barcelona, apurando el último sorbo de leche fría con canela, cuando vi asombrado que por mi derecha venía hacia mi una chica de aspecto nórdico, de talle esbelto, que muy decidida, al llegar ante mí se sentó a mi lado. Tomado por sorpresa, aquel último trago casi se me atragantó. Sonrió ella al ver mi apuro y sacando de su bolso un paquete de cigarrillos John Player, lo soltó encima de la mesa, invitándome con un gracioso mohín a fumar. Ya algo más relajado yo, le pregunté por su país de origen y ella me contó que era de Suecia, que trabajaba en Suiza, en la Nestle, que se encontraba de vacaciones en España y que había estado ya en el País Vasco. Me contó durante largo rato las cosas de su país, y de su familia… De las cosas de aquí. De lo que le gustaban los españoles, de lo que adoraba una buena paella bien cargada de mejillones (ella decía mejijones) Finalmente, el caso fue que, como se hacia ya tarde y el camarero nos invitaba amablemente a despejar la terraza, se me ocurrió la idea de invitarla a cenar a casa. Ella aceptó, diciéndome que encantada. Un complejo tremendo tuve cuando al levantarnos de las sillas, comprobé que la chica me sacaba algo más de 15 cms. en estatura. A mi lado, la chica me parecía como gigantesca; pero estaba muy bien de tipo y era muy bonita de cara. Llegamos a casa y nos acomodamos en mi terracita, sentándonos en aquel balancín que yo tenía allí para sentarme al fresco en las cálidas noches de verano. En un momento dado se me fueron las manos hacia ella y la abracé. Ella, sorprendida en principio, no dudó después en rodearme con sus larguísimos brazos, dándome unos besos largos y húmedos. Tuvimos una noche de amor interminable de besos, caricias. Y sexo. No dormimos hasta que rayó el día, quedando los dos profundamente dormidos. Al rato de despertar, mientras charlábamos ante unas tazas de café con leche, le propuse que se quedara conmigo y terminase sus vacaciones en mi casa. Ella aceptó y quedó así la cosa ya decidida. En un momento pasamos por el hotel donde se hospedaba, recogimos su equipaje y nos volvimos a casa.
Los 15 días siguientes fueron maravillosos; finalmente superé el complejo que sentía a su lado por la estatura que me sacaba. Cada día nos íbamos a la playa y nos tumbábamos al sol mirando el cielo azul de Calella. Nadábamos, hablábamos, fumábamos, nos besábamos…y una vez de nuevo en casa, al anochecer cenábamos en la terracita con vistas al Tibidabo. Hacíamos el amor…y ella terminaba abrazándome como a un niño, mientras me cantaba canciones suizas: Niuchitel…..Niuchitel…Y así un día tras de otro. Y así llegó también el final de sus vacaciones. Aquel idilio tan extraño, tan singular y tan inesperado, tocaba a su fin. Así que la llevé al Aeropuerto, y nos despedimos con un beso larguísimo mezclado con sus lágrimas. Nunca te olvidaré, me decía. Yo no pude por menos que jurarle amor eterno. Y en un avión de Lufthansa se perdió entre las nubes rumbo a Suiza.
Pasaron los días y los meses y no tuve ni una sola carta suya, ni una llamada de teléfono, nada… Yo empezaba ya a olvidarme de aquella chica tan dulce, que tan buen recuerdo me había dejado. Pero cierto día de Semana Santa, recibí una llamada de teléfono. Era ella. Me decía que estaba en Barcelona y que deseaba hablar conmigo, puesto que tenía algo muy importante que decirme. Yo por aquel entonces ya convivía con otra mujer y le confesé a ésta lo que me había sucedido el verano pasado. Ella me miró muy seria y me dijo secamente: Está bien. Ve y despídete de ella. Y no vuelvas a nombrármela, porque me da mucha rabia.
De este modo volví a encontrarme con la sueca. Estaba tan encantadora como cuando la conocí. Nos fuimos de nuevo a la playa de Calella, para hablar allí, como lo hicimos en el verano. Nos tumbamos en la arena y hablamos durante largo rato. No hubo besos ni caricias; y al final me sorprendió con una pregunta inesperada: ¿Por qué no nos casamos? ¿Me amas? Yo estaba sin capacidad para reaccionar y me derrumbé quedando algo así como desarbolado. Mírame a los ojos, Miguel, y dime que ya no me quieres, me decía ella. Ella después de marcharse nunca me había escrito ni tan siquiera me había llamado una sola vez por teléfono. Yo, con todo el dolor de mi alma le confesé que ya estaba enamorado de otra mujer, con la que convivía desde hacía unos meses, que procurara olvidarme, que rompiera mi fotografía. Lloraba ella envuelta en un mar de lágrimas y yo acabé llorando también. Me abrazó largo rato mientras me hablaba al mismo tiempo con palabras ininteligibles, pues dominaba ella cinco idiomas. Me decía en español: para siempre…para siempre.
La acompañé de nuevo a su Hotel y al día siguiente la llevé al Aeropuerto. Le regalé una botella del mejor coñac que encontré y ella me dio una cajita de bombones suizos. Nos volvimos a besar por última vez; tomó el avión y regresó a Suiza. A los pocos días recibí una carta de ella con la tinta corrida por sus lágrimas, en la que me decía entre otras cosas que me amaría siempre y que jamás romperá mi fotografía.
Nunca más volví a saber de Inge, que así se llamaba aquel encanto de muchachita.
Miguel Ramos

RECUERDOS DE LA INFANCIA

Yo nací cinco años después de que finalizara la guerra civil en España. El país estaba en bancarrota y había sido excluido del Plan Marshall. Corrían malos tiempos para grandes y pequeños. A todos por igual nos alcanzaba aquella época de privaciones y de carestía.
Pero los niños de mi generación, a los que nos tocó en suerte vivir en aquella época, éramos felices a nuestra manera. Echando mano de nuestra imaginación, suplimos la falta de juguetes con que entretenernos, inventándonos juegos a cuales más inverosímiles. Y así, en aquel centro de acogida, donde nos encontrábamos recluidos muchos como yo, a falta de juguetes, lo habitual era ocupar nuestro tiempo persiguiendo gatos, machacando moscas y hormigas o destripando atónitas lagartijas. En nuestra imaginación, gatos, ratas e insectos eran como la hueste demoníaca. Todo bicho viviente que se moviera se convertía en objetivo sobre el que descargar un puntapié o aplastar bajo nuestras sandalias, de modo inmisericorde. Éramos, en nuestra imaginación, feroces guerreros y teníamos a nuestro enemigo en aquella fauna: ratas, ratones, moscas y avispas. Ella era la hueste infernal a la que había que eliminar. Con regularidad, cuando estábamos en clase, el celador se presentaba, ratonera en mano, solicitando voluntarios para ajusticiar la prisionera que llevaba. Aquello constituía todo un acontecimiento. La seráfica monjita que impartía la clase, ante ese evento irresistible para nosotros, daba su bendición y su consentimiento para que partiésemos a la cruzada. Después, el celador depositaba la ratonera en el centro del patio y nos colocaba alrededor de la jaula-trampa gritando como un general en medio del fragor de la batalla: “¡¡ Mantened la posición!! Qué nadie de un solo paso antes de que la suelte!” La ejecución no solía durar más de un minuto. Se abría la puerta de la ratonera y como una exhalación salía Ratatuille buscando una vía de escape; vano empeño el suyo; Alea iacta est… La suerte estaba echada. Y Ratatuille, como de costumbre, en medio de un bosque de piernas infantiles, perecía de inmediato, pateada en las filas primeras.
Pero todo eso pasó con el tiempo. Al fin, años más tarde, llegaron los yankees, con sus cargamentos de leche en polvo y sus quesos. Y con el tiempo, los niños al fin pudimos también disponer de balones de goma para jugar al fútbol. Cierto que los terribles balonazos recibidos de aquellas pelotas de goma, marca La Gaviota, dolían a rabiar. Pero pese a ello, era un placer patear aquel esférico de goma en lugar de darle un puntapié a una piedra o a cualquier bicho viviente.
Hoy en día, recordando aquella etapa de nuestra niñez, los amigos de la época, con los que sigo manteniendo contacto, recordamos, con asombro, las cosas con las que nos entreteníamos, y estamos muy de acuerdo en que los jóvenes de hoy, lo tienen casi todo, y no tienen la menor idea de las vivencias de sus padres y abuelos, que fueron niños también y que se conformaron con tan poco.
Miguel Ramos

LA ESTRELLA

En tus ojos sonreían

oro, plata y esmeraldas;
eran tus rubios cabellos
de caracolas doradas.

Caracolas con murmullos
de risa, de sol y esperanza.
Un día lejano te fuiste
hacia tu alta morada,
y me quedó en tu recuerdo
suspendida y presa el alma.

¡Capitán de las estrellas!,
de oro, de sol y de plata,
de luna fina y redonda,
pido al ángel que te guarda:
Alcánzame aquella estrella,
allí arriba, en las galaxias.
Y el ángel siempre responde,
compasiva la mirada:
Esa estrella está en los cielos,
donde no llegan tus alas;
está arriba, en lo infinito,
aunque te desgarre el alma;
en el éter, en lo eterno,
donde tu mente no alcanza.

Y yo, aquí abajo en la tierra,
prisionero de añoranzas,
mientras tú, juega que juega,
detrás de las nubes blancas.

Miguel Ramos

jueves, 3 de septiembre de 2009

LA MONJA GUAPA

Serían las 12 de la madrugada en el reloj de la Iglesia de Santa Catalina. El tañido melancólico de las campanadas llegaba a las casas de los alrededores, aquella calurosa noche de verano, en Sevilla. En el Hogar de San Fernando, vetusto edificio del siglo XIX, todos los internos dormían. Hacía ya rato que el celador, fusta en mano, había finalizado la ronda, no sin antes comprobar que los más díscolos estuviesen dormidos y bien dormidos. Se había parado por unos instantes en un punto estratégico del gran salón-dormitorio, recorriendo, con la mirada amenazadora, los camastros donde dormían unos cien niños acogidos a la caridad pública, en el llamado Hogar de San Fernando de Sevilla. Luego, siguiendo con la rutina de su función, viró sobre sus talones y se dirigió hacia otros dormitorios colindantes, mascullando algo entre dientes. Miguel lo vio alejarse y contuvo la respiración hasta verlo desaparecer. Respiró aliviado. Ahora, solo le quedaba esperar a que se abriera la minúscula puerta que había a unos veinte pasos a la derecha de su cama. Pronto se abriría para dar paso a la monja que haría la última ronda, esta vez, para comprobar que todos los niños estuviesen ya dormidos, guardando además la compostura, durmiendo decorosamente. “El niño -decía la reverenda madre superiora- deberá entregarse al sueño siempre boca arriba, con las manitas juntas, preferentemente cruzadas sobre el pecho, como un santito.”

El interno Miguel, bien despierto, con la vista fija en el techo del vetusto salón-dormitorio, observaba los movimientos de las lagartijas que se movían en cortos y rápidos desplazamientos cerca de la bombilla. La caza de todo insecto volador que rondase atraído por la mortecina luz eléctrica había comenzado.

” Esta noche, la hermana nueva quizá haga la última ronda. Si es así, en cuanto la vea aparecer por esa puerta, voy a retirar esta sábana y fingiré que estoy dormido en una postura rara y estrafalaria. Entonces vendrá hasta mi cama; me moverá de manera que me quede como a ella le gusta, me dará a besar el crucifijo que le cuelga de la cadera y me arropará con mimo.”

En su mente de chaval de doce años, se preguntaba qué le estaba pasando a él y a los otros desde que llegó al orfanato la hermana nueva. Hacía pocos meses que había llegado… De ella se decía que tenía 19 años y que era de Jaén…

Aquella misma tarde, precisamente, el grupete de los mayores del internado se había enzarzado en una discusión enconada sobre ella.

- ¿De qué color tiene los ojos la hermana nueva? -preguntaba José Manuel Velázquez.
- De color marrón chocolate - contestaba otro.
- No seas bestia, Aurelio. ¿No ves que sus ojos son de color miel? Fíjate sino en el color de la miel que nos ponen en el mendrugo de la cena y verás que es clavaíto al color de los suyos.
- Pues a mí - decía Miguel- me gusta toda ella. Sus ojos, su voz, sus manos, su olor, sus andares…¿ Habéis visto cómo mueve sus caderas?
- Sí, sí. Parece la Macarena vestida de monja. A mí también me gustan sus “calderas”- terciaba Jaramillo.
- ¿Sus calderas? ¿Te refieres, por un casual, a sor Gracia, la monja cocinera?
- Tú eres tonto, Miguelín -vociferaba José Ignacio- el ” Pipa”. La hermana nueva es una sierva del Señor y está casada con Él.¿No te das cuenta, impío, de que te vas a condenar? ¿Es que no ves que te vas a condenar?
- Bueno, pues entonces, justo antes de morirme, rezaré un Señormíojesucristo y me salvaré…
- No te servirá de nada. ¡Te condenarás¡ Ya lo dice el catecismo del padre Jerónimo de Ripalda…

Hacía pocos meses que había llegado…

- ¿Y qué habrá detrás de esa puerta, tan obscura?, Parece que ha quedado un poco abierta, porque se ve algo de luz…”El Pipa”, se va a ganar un buen coscorrón, un día de estos. Se lo anda buscando, que es un niño muy redicho y sabiondo; y también un aguafiestas…

El veterano ratoncillo de las madrugadas, asomando primero tímidamente los bigotes, iniciaba sus nocturnas correrías entre los camastros del salón. Había salido de su agujero, en la ruinosa pared, casi a ras de suelo. Se coló, de improviso, en uno de los pobres zapatos que yacían por el suelo y allí, a salvo de algún gato predador, permaneció un buen rato, confiado y seguro, sabedor de que nada debería temer del amo de esa prenda, pues ese interno lo había mirado siempre como a un buen y leal camarada. Una lechuza, visitante regular del salón-dormitorio, lanzó su grito lúgubre desde el alféizar de un ventanuco. Se oía también, sin intermitencia, el estridente chirriar de algunos grillos. Y los internos, menos Miguel, dormían plácidamente en el vetusto salón, ajenos e indiferentes al murmullo incesante de la fauna nocturna.

Cuando canta en el coro, su voz destaca sobre las demás voces…

- ¡Qué bien canta el Tamtum Ergo, el Magnificat, El Veni Creator Spiritu!

¡Y qué bien suena el latín en sus labios rojos… Tedeum laudamus, te Domine confitemor… Los soldados la piropean con descaro. Ella se ruboriza. Pero hay quien dice que es que se pone colorete en las mejillas.

Sigue encendida la luz detrás de esa puerta. Esta noche averiguaré de una vez, qué hay ahí detrás. A estas horas, ya no es probable que me pueda sorprender el Santóleo…

El celador, el Santóleo, que así le llamaban por mal nombre, solía amenazar siempre airado a los internos: “¡Niño, te voy a dar tal paliza que van a tener que darte los Santos óleos!.”

Pero Miguel ya lo había decidido. Deslizándose a gatas, había cubierto los veinte pasos que separaban su cama de la misteriosa puerta. Se atrevió a empujarla suavemente al tiempo que se incorporaba y al entreabrirla, miró al interior y quedó estupefacto. “¡Niño!, ¿qué haces ahí?”

¡La hermana nueva estaba allí y le observaba con aire severo. Al fin la había visto. Por pocos instantes, pero tal como siempre ansió verla. Vestía una túnica blanca; estaba de pie, mirándose complacida en el espejo minúsculo que sostenía en su mano izquierda, peinándose la espléndida cabellera rojiza.

La túnica blanca que llegaba hasta sus tobillos, daba a su esbelta figura un aire virginal. Estaba allí, igual que una Madonna. El interno la miraba arrobado… De nuevo dejó oír su voz, que ahora sonaba con una cadencia dulce, enloquecedora. “Pero, niño… ¿qué haces aquí…?”

Su rostro tenía una expresión de dulzura infinita. El interno la miraba embelesado… “Pero, niño…¿qué haces aquí…?” Recordó las fatídicas predicciones del Pipa; sus recriminaciones…. el juicio divinal…la condenación eterna… Por un instante, se le ocurrió adelantarse para besarle el crucifijo. Lo buscó con la vista entre los pliegues de la nívea túnica, allá en el lugar de donde habitualmente pendía sujeto a la cintura y no lo halló. No ocurriéndosele otra cosa, corrió a arrodillarse ante ella para besarle las manos y al tiempo que sus labios dejaban en su piel anacarada un beso fugaz, una voz estentórea sonó detrás de él, igual que un bramido:

-¡Niño, voy a darte tal paliza, que habrá que darte los santos óleos!.

Hierático, en el dintel de la puerta estaba el Santóleo mirándole torvamente. -¡José Acosta! ¡Ni se le ocurra hacer daño al muchacho! El chico ha llegado hasta aquí totalmente desorientado. Padece de sonambulismo, ¡pobrecillo!. La hermana nueva se enfrentaba a aquel individuo despótico y desalmado.

-¡Está bien! ¡En menos de un minuto quiero verlo dormido en su cama, boca arriba y con las manos juntas como un San Luis!.

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Muchos años después de que ocurriesen los hechos que se relatan en esta narración, en un pequeño pueblo de Cataluña, uno de tantos de la cuenca del río Llobregat, en Pallejà, reside un hombre que llegó hasta allí procedente de su tierra natal. El hombre, entre otros lugares cercanos a la gran urbe de Barcelona, ha escogido a este pueblo sencillo, cargado de historia, y ha decidido quedarse para amarlo y para morir en él cuando así lo decidan el Destino y las Parcas. Es una tarde de otoño y está sentado en un lugar apacible. El día es alegre y soleado. La buena gente del pueblo se saluda al encontrarse. Pero Miguel, que así se llama el hombre, está triste. Entre sus manos tiene una carta que desde Sevilla le ha enviado José Manuel Velázquez, un viejo amigo de la infancia. La ha leído ya varias veces. Está conmovido. Por esa carta ha sabido que Sor María Purificación, la monja guapa, ya no conoce a nadie, que Sor María Purificación está ingresada en un sanatorio mental y yace en una silla de ruedas, presa del alzheimer…

El que fuera niño desvalido muchos años atrás, y que ahora es hombre, reflexiona, medita, y llega a la conclusión de que en la corriente tumultuosa de la vida, el Destino lanza sus redes y asigna a cada ser, el papel que como actor ha de interpretar en una gran comedia.

A Sor María Purificación le fue asignado el papel siempre difícil de amor y de entrega hacia los demás y ella lo interpretó como en una pelea gozosa, en un medio hostil, en una época turbulenta. Y lo hizo tan bien que allá, en las alturas, ni siquiera entre los propios ángeles, habría alguno que pudiera imitarla.

Miguel Ramos

¡CANTA, MIGUELITO!

En Sevilla, la ciudad de la Giralda, la de la Torre del Oro, a orillas de Wad-el-Kebir, el gran río, la ciudad que da nombre a sus calles y plazas con legión interminable de santos y santas para vanagloria de sus moradores. Aquella mañana tibia del otoño de 1948 marcó un hito en la vida de dos niños de cuatro años que vivieron el epílogo de una guerra fratricida, transcurrida una década atrás.
A Miguel y a Francisco los llevaban aquel día cogidos de la mano por las tortuosas calles de Sevilla, camino de un destino inimaginable para ambos. Al uno lo llevaba su padre, al otro, su abuela, y, cuando después de un cansino deambular, los cuatro personajes confluían a las puertas del orfanato, punto final del recorrido, en el tiempo quedó aquella instantánea de los dos niños mirándose atónitos cara a cara.

¿Por qué llora este niño? ¿Por qué tiene tanta pena?, se preguntaba Miguel; y cuando irguió la cabeza esperando de su padre alguna respuesta, éste ya había desaparecido frente a él permanecía Francisco, asido con firmeza a la mano de su abuela; dos turbios lagrimones temblaban en sus ojos. El dramatismo de aquella instantánea acabó cuando, de repente, el director de aquel centro siniestro, poniendo fin a la patética escena, conminaba a la abuela a marchar de allí, y con voz y ademanes hinchados de mandato, señalaba la puerta de salida a la afligida anciana, ante el desconsuelo del pequeño Francisco.

Una lenta salmodia de llantos y penas comenzaba para ambos niños a la edad de cuatro años. Cuando un niño dice que ya no tiene amparo, ni besos ni caricias, quiere decir, que ya no tiene madre.

Y nada fue lo que debió ser a partir de entonces. Miguel y Francisco pasaron a ser fríos números en el tétrico organigrama del orfanato. A Miguel le asignaron el número 30 y a Francisco el número 51, pasando ambos a engrosar una larga lista de niños expósitos, muchos de ellos hijos de padre importante, persona de orden, capitoste tal, gerifalte cual, personajes, en fin, todos adictos al Régimen, con adhesión inquebrantable. La ciudad, a extramuros, quedaba sumida en su letargo sempiterno. Wad-el-Kebir, el padre río portador de amarguras, continuaba incansable su camino hacia el mar.

Miguel no era hijo de algún capitoste adicto al bando vencedor, sino de un joven sargento, viudo y expulsado del Ejército por indisciplina castrense, según la jerga de militar. Al verse sin trabajo, sin casa y sin pan para él y para su retoño, decidió dejar a éste en el hospicio, anhelando en su corazón que quedase bien, al amparo de aquellas monjitas.

Y en esta situación de abandono y obligada renuncia quedó el pequeño, sin otra identidad que el número 30, y en su mente y en sus recuerdos tan solo quedó, como un vago recuerdo, una porción de canciones de cuna.

¡Canta, Miguelito! Con tu sonrisa triste… Esta noche habrá sopa de ajos. Mañana, Dios dirá. Y las amorosas canciones que aprendiera de su madre se las cantaba ahora a otros niños desheredados como él, mal vestidos y mal calzados, que le escuchaban sorprendidos y ateridos de frío. Eran tiempos de pan duro, frío y sabañones; y en aquel gélido ambiente iniciaban todos la marcha imparable hacia la pubertad.

Fue a finales de los 50 cuando el poder represor de los vencedores decidió acerca del futuro de Miguel y Francisco, poniendo a los dos bajo la tutela de los sacerdotes salesianos, y éstos, fidelísimos garantes del perpetuo adoctrinamiento en la “Formación del Espíritu Nacional” se encargaron, cumplidamente, de que así fuera.

Abundaba en el ambiente del nuevo orfanato el tufillo melifluo del fundamentalismo religioso. Las misas diarias, las novenas, los trisagios, los vía crucis e indulgencias, constituían las armas eficaces, con las que se pretendía mantener a raya la naciente concupiscencia de los jóvenes. Paradójicamente, éstos, a menudo tenían que evadirse ante los avances lascivos de algún mal ungido sacerdote. Y que nadie se permitiera ningún devaneo mental que lo apartase del férreo y sectario dogmatismo. Si alguno anteponía la razón a la fe, quedaba irremisiblemente condenado al ostracismo y al averno. Lo dijo Goebbels: “Una falsedad repetida miles de veces, acaba convirtiéndose en una verdad”. La contundente sentencia del siniestro personaje, ya la habían aprehendido y hecho suya los salesianos desde hacía largo tiempo.

Miguel y Francisco, que no comulgaban ni en misa ni con determinados postulados, fueron señalados por ello, desdeñosamente, con los apodos de El Solitario y El Resentido, respectivamente. La vena sádica de algunos curas se manifestaba con frecuencia, recordando a los internos que debían su manutención a la caridad pública. Maestros, como eran, hurgando en viejas heridas, solían divertirse preguntando a alguno sobre el paradero de su padre. Ante el duelo, la pena y el derrumbe anímico de la víctima, ellos reían, y reían muy alegres y contentos.


La libertad, como bien dijo Cervantes, es el bien más preciado. Para Miguel, muy principalmente, lo era la libertad de pensamiento. Por ello, dentro de su ínfima parcela de libertad, pensó lo que quiso pensar e hizo lo que pudo hacer. No llegó a ser un buen monaguillo. Eludiendo, siempre que podía, ayudar a decir misa, durante el cansino transcurrir de las ceremonias religiosas, transformaba en su mente la negra realidad con las fantasías propias de su juventud. Leía a escondidas todos los libros prohibidos que caían en sus manos. Y un día, hallándose enfrascado en la lectura de una novela del escritor francés Guy de Maupassant, proscrito y repudiado, como tantos otros, de repente, sintió sobre su cuerpo una lluvia de golpes que lo dejaron seriamente magullado; al volverse, maltrecho y atónito, vio a un sujeto de negra sotana, que junto a él, mascullaba, iracundo, terribles anatemas. Como un Torquemada redivivo, aquel ser colérico, carente de escrúpulos, ahogaba en su rabia la piedad bendita.”Dies irae, dies illa”….”De profundis clamavi ad te Domine “….

Miguel, con el alma y el cuerpo lacerados, escaló como pudo la tapia de aquel centro siniestro y, renqueante, aquel mismo día escogió la libertad. Se sentía lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a la vida, con sus diecisiete años floridos. Aquel sacerdote, estrábico y retaco, era para él un alfeñique. Podría haberlo hartado de mojicones. Derribarlo, incluso, de un coscorrón.

Para entonces, los dioses felices, a los que a veces el dolor humano a piedad les mueve, ya habían decidido el futuro de sus dos hijos. Francisco, aquel pequeño desamparado a las puertas del Orfanato, con un turbión de lágrimas velando sus ojos, se había convertido en un animoso joven que, siguiendo el dictado de su corazón generoso, plantaba cara a la vida con gran valentía; y el benéfico Hermes dotó al muchacho de una agilidad mental y una inteligencia tales que, en pocos años, Francisco terminaba brillantemente la carrera de ingeniero, figurando con su nombre y apellidos en el BOE., tal como era preceptivo y de ley en aquellos años.

El Resentido, ahora miraba a los salesianos con meditada insolencia. Brillaba en sus ojos la inteligencia con insultante altivez, y sin la menor simpatía hacia ellos. Ahí estaba él, Francisco, el agnóstico, el magnífico ingeniero…¿No era éste tan solo uno más de la cosecha de niños no deseados que en la posguerra parió aquella España doliente?


Como produce estancamiento insano
si es duradera la apacible calma,
amo la tempestad embravecida,
que esparce los efluvios de la vida,
al romper en los cielos y en el alma.

Y Francisco, para alivio de sus tutores, un buen día decidió emigrar a Sudamérica; a la lejana Argentina, la región de los gauchos, los buenos jinetes. Allá, en lo ignoto, se perdió su huella. Pero el tiempo iba a demostrar que el vínculo de la amistad, como un puente que une a las almas, no iba a romperse con Miguel, su compañero de infortunio.

Este, por su parte, había conseguido realizar parte de sus sueños, en dura lucha con la vida. Después de tanto tiempo, había recuperado el concepto, ya olvidado, de un hogar y una familia; había aprendido a distinguir del amor profano al amor verdadero. Sabía ya leer en el corazón de los hombres. Miguel, como ya dijera Neruda, confesaba haber vivido, había vivido y también había aprendido. El mundo es “ansí” proclamaba con terrible rotundidad el vasco Pío Baroja: todo es crueldad, injusticia, dolor….

El mundo es así… Sin embargo, ahora instalado en la permanente dulzura de vivir en paz, Miguel estaba convencido de que aún habría esperanza para los seres humanos. Los hombres, según Maquiavelo, obran el mal, a menos que la necesidad los obligue a obrar el bien. Si esto es así, meditaba él, la Humanidad podrá sobrevivir; aunque deba coexistir con el miedo como compañero inseparable.

También era consciente de que, a sus 60 años, se iniciaba lenta e inexorable, la marcha hacia atrás que, como a todos los seres, debería conducirlo hacia un destino que ni temía ni deseaba. Aceptaba, pues, y aguardaría sereno, lo que para él hubieran decretado el Destino y las Parcas.

Había retomado, al fin, la lectura de “El Collar”, aquella novela del proscrito Guy de Maupassant, y pudo comprobar con indignación que, en su contenido, nada había que atentase contra la moral y las buenas costumbres; ni siquiera las de aquella época, y muchísimo menos, que justificase la agresión de la que fue objeto por parte de aquel demente.

Un día, hallándose enfrascado en la lectura, recibió una llamada telefónica que lo dejó algo perplejo. Al otro lado de la línea se oyó una voz, vagamente conocida. Aquella voz tenía un marcado acento argentino:

- Che, ¡Miguelito! Soy Francisco Ballesteros. Ya estoy de vuelta.
- ¡El número 51! exclamó Miguel, sorprendido.
- Y tú, el número 30, rió Francisco, con emoción contenida. Me pasé 40 años en la Argentina. Allí conocí a Rosario, con la que me casé, a los 50 años. Tenemos cuatro hijos…. Che, Miguelito, la libido se me despertó demasiado tarde…..
- Pues a mí se me despertó antes de tiempo. Creo que ya nací presentando armas…..
- ¿Aún recuerdas las canciones de tu madre?
- Las recuerdo todas, como la recuerdo a ella. Murió cuando yo a tres años. No pude llevarle flores.
- ¿Por qué llorabas aquel día, cogido de la mano de tu abuela?
- Porque era consciente de que me iban a encerrar.
- Todo fue como un cólico miserere, ¿no?

Miserere mei Domine……


POST SCRIPTUM

Miguel Ramos, el número 30 de tiempos atrás, es consciente, asume y da por hecho, que el estrábico Torquemada, verdugo e inquisidor, jamás rendirá cuentas ante la Sociedad, por sus muchas bellaquerías. Las cometió en un tiempo en el que el país padecía de algo tan maligno y devastador como una dictadura.

Francisco Ballesteros, el número 51, regresó a España, triunfador, a la edad de 60 años. Con él vino Rosario, su mujer, excelente y jovencísima, más cuatro hijos, como soles, que tuvieron en la Argentina:

Jesús de María, 10 años,
Francisco de Jesús, 9 años,
Ariel de María, 7 años,
Fátima de los Ángeles, 4 años.

¡Todo un regalo de los dioses!
Miguel Ramos