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domingo, 11 de julio de 2010

SOLEDAD

Una mañana de enero, mi habitación está fría.
Extraño tus manos, el aroma de tu cuerpo,
deseo estar a tu lado, emborracharte de besos.

En la calle hace frío, este es un duro invierno.
Solo en mi alcoba, tú en mis pensamientos
que creía olvidados o perdidos en el tiempo.

Me pesan los ojos, en mi subconsciente te veo.
Sobre el lecho vacío extiendo mi mano,
pienso en otros tiempos

cuando dos caballos negros tiraban de un carro
con dos bellas hadas entre nubes doradas.
Nuestra cama es la Luna con sábanas blancas,
con rizos de oro, bordados de plata.

En la torre, en la iglesia, como cada noche
suena una campana, han dado las doce.
En las calles silencio.
Abro un viejo libro, lo miro, lo hojeo
pero no me concentro.

Del cigarrillo encendido sobre el cenicero
aún queda rescoldo, no se apaga el fuego.
Hoy con tu rescoldo enciendes otras camas.

Agustín Rueda, 3/3/2010

sábado, 5 de junio de 2010

LIBERTAD

He venido al mundo en un paraje montañoso, rodeado de arbustos que nacían por doquier, a su antojo, sin ningún tipo de reglas inventadas por no sé quién. Antes de nacer todo era quietud, un absoluto silencio. Me abro camino en el resquicio de aquella roca. Empieza mí vida, originando un murmullo suave, relajante.
Naciendo del centro de la tierra, con fuerza desgarradora salgo de sus entrañas. Precipitadamente me deslizo de peña en peña. Soy libre como el viento que atraviesa continentes, no reconociendo fronteras. ¡Fronteras! ¿Qué son fronteras? No entiendo ese lenguaje, me suenan banas estas palabras inventadas por el hombre donde solo priman  intereses. Yo marco mis senderos. Me deslizo por las peñas dando saltos y cabriolas. Cuando encuentro una meseta me relajo, formo lo que el hombre ha denominado un lago. ¡Qué lo llamen como quieran! Yo solo estoy descansando, bajando después por esos terrenos abruptos.
Sorteando vericuetos, a lo largo del camino voy formando bellas fuentes para que los caminantes que osen andar los caminos renueven sus energías. Yo continúo mi descenso sorteando bellos lugares que voy encontrando a mi paso. Soy así de caprichosa, por algo he nacido libre como aquella águila real que vuela majestuosa, con sus alas desplegadas, atravesando los cielos. A veces desaparezco como si invisible fuera. Me filtro por cualquier rendija y como por arte de magia reaparezco por cualquier parte a lo largo del camino.
He tenido visitantes, son pequeños riachuelos pero no por ser pequeños dejan de ser importantes. De ellos mi sed he saciado, han sido mi alimento. Seguramente, sin ellos hubiera perecido, la tierra me hubiera absorbido como una esponja sedienta. Voy repartiendo maná como aquel maná que un día cayó en aquel desierto alimentando al hambriento.
Por fin, este largo camino que dio a luz la montaña está llegando al final  cumpliendo su cometido. He sido tan generosa que he alimentando a la fauna, dado vida a los bosques, regando las secas campiñas, las vegas de los poblados, regalando agua fresca al caminante sediento. La misión que me ha traído, satisfactoriamente cumplida. Desembocaré en el mar, me adentraré en algún océano donde quedaré absorbida, pero me queda consuelo: allá, en la alta montaña, el agua seguirá manando clara, limpia, pura y fresca para seguir alimentando a esta humanidad sedienta. 
 
AGUSTÍN RUEDA. 27/12/2009  

viernes, 14 de mayo de 2010

EN LA NOCHE ESTRELLADA

En la noche estrellada de luna nueva,
mi niña dormida, relucientes estrellas la miran y observan.
Los rayos penetran, por los porticones
de su ventana entre abierta.
Su carita de ángel desprende destellos de color de rosa.
Sueña que te sueña, mi niñita sueña
que mamá despierta velara por ella.
Al llegar el alba, mi niña despierta
me busca, me mira, la miro,
de su tierna boquita, florece una mueca.
La estrecho en mis brazos, se acurruca en mi pecho,
me sigue mirando, me busca, encuentra mis senos,
me agarra, succiona. Al final me suelta, está satisfecha,
se queda dormida. El alba se aleja.
Cierro la ventana que estaba entreabierta.
Con el nuevo día, mi niña despierta.
En el bello jardín que da a la ventana
los jilgueros traviesos alborotan y cantan.
Mi niña atenta, escucha, se exclama, me llama.
Dejo mis quehaceres, me dedico a ella.
Cambio sus pañales, la abrazo, beso sus mejillas,
ella es mi vida, soy la vida de ella. La alimento de nuevo
sonríe feliz. La vida es bella.
 
A. RUEDA  24  /  2  /  2010

martes, 13 de abril de 2010

DERECHOS A LA VIDA

Quisiera dedicar muchos deseos bellos al derecho que tienen los seres humanos a la vida, pero me temo que no va a ser posible.
Voy a exponer unos cuantos puntos por los cuales quiero poner de manifiesto que los derechos a la vida por lo general no se cumplen bajo ningún concepto. El derecho a la vida,es una frase utilizada muy alegremente y apenas sale de nuestra boca ya está olvidada.
El primer derecho, el de nacer, tantas veces ultrajado por tantas personas. De todos es sabido que en el mundo nacen diariamente millones de niños. Las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación son terroríficas. Niños que nacen en la América Latina, como en otras partes del mundo, donde su entorno natural son los estercoleros, estando condenados a pasar su vida rebuscando alimentos en ellos como lo hacen sus padres y anteriormente lo hicieron sus abuelos, revueltos en la podredumbre, expuestos al hambre y a enfermedades infecciosas de todo tipo. Ni que decir tiene que la higiene no existe en estos rincones olvidados del mundo. Según informaciones que nos llegan, el 20% de la población mundial vive en circunstancias deplorables. Entre tanto, el resto de la humanidad vive impasible a estas atrocidades. El hambre, y consiguientemente la  desnutrición crónica, es una maldición hereditaria, en lugares donde la gran mayoría muere antes de cumplir los cinco años de vida ante la angustia de sus progenitores que no pueden hacer nada por evitarlo. Lamentablemente, poco o nada se hace para subsanar este gran problema, la humanidad entera tendría que volcarse en pleno para que estas injusticias no se produjesen.
No quiero olvidarme de la catástrofe que con fechas muy  recientes ha ocurrido en Haití, exactamente en Puerto Príncipe. Las personas, llamémosles con suerte de no encontrarse entre los muertos del seísmo,  luchan con sus convecinos para poder obtener algunos alimentos. Hemos visto como pasaban por encima de cadáveres, realmente espeluznante, y al mismo tiempo y por desgracia es comprensible ya que el hambre hace estragos en las personas hasta el extremo de llegar a perder la razón.
Hay otra cuestión no menos alarmante. Según las estadísticas estas personas malviven con un euro al día, pero las estadísticas son eso, puras estadísticas, porque mientras haya personas que tengan diez euros quiere decir que nueve no tienen ninguno. Así de cruda es la realidad. Esto lo podemos multiplicar por millones de habitantes que viven en estas condiciones.
Por lo tanto, no nos tenemos que vanagloriar de nada, que no se nos llene la boca con los tan traídos y llevados derechos cuando tenemos un mundo de cosas por hacer en favor de estas pobres gentes que solo han cometido el delito de nacer en estos lugares y en esas condiciones.
Quisiera terminar este texto exponiendo lo siguiente, hay millones de personas en el mundo que no necesitan ninguna catástrofe añadida ya que cada uno de ellos la trae consigo al nacer.

AGUSTÍN RUEDA, 2/ 2/2010

sábado, 6 de marzo de 2010

EL MAR ESTABA EN CALMA


El mar estaba en calma. Las olas perezosas iban y venían lamiendo la arena de aquella playa solitaria. Me eché boca arriba en su arena reluciente, totalmente relajado. Me dejaba acariciar por la suave brisa  que reinaba en aquel lugar mágico y solitario, apartado de cualquier mirada indiscreta. De vez en cuando, el graznido de una gaviota osaba enturbiar el sobrecogedor silencio que reinaba en el entorno, haciéndome levantar la vista al cielo. Los rayos del sol descendían, perpendicularmente, como si de espadas relucientes de acero se trataran, penetrando en aquellas aguas transparentes como un mar de plata. Los recuerdos fluían en mi mente, yo los creía lejanos pero allí estaban, frescos como el primer día. Una barca se balanceaba en la cresta espumosa de aquellas olas que iban y venían, rompiendo mi placentero sosiego. Como si no tuvieran nada más que hacer que atormentarme los oídos, con el ronquido de su motor que sonaba como una triste melodía. La barca se veía vieja, descuidada, cansada de surcar aquellas tranquilas aguas. Una pareja de enamorados me saludaba jubilosamente con las manos diciéndome adiós, parecían felices. Poco a poco, el sonido de aquel motor envejecido por los años se fue alejando. A medida que esto sucedía, todo volvía a la normalidad. De nuevo me asaltaron aquellos recuerdos. Entorné los ojos, pensaba en ella.
Teníamos quince y catorce. Era un ser divino, su cabello como la seda, de un dorado deslumbrante. Mis dedos se enredaban en aquella cabellera de ensueño, su cara sonrosada se asemejaba a una diosa, sus ojos negros, resplandecientes como estrellas en una noche nítida de verano. Nos dejábamos llevar por nuestros impulsos, pensando que aquel amor que afloraba de lo más profundo de nuestro ser, nunca se marchitaría. Éramos felices, nos conformábamos con estar el uno cerca del otro, dejar que el mundo corriera sin importarnos en que dirección. Solo estábamos ella y yo siguiendo un mismo rumbo, el que nos dictaba el corazón.
Escuché una sirena. Semiinconsciente, abrí los ojos. No muy lejos, un barco surcaba el mar dejando una estela. A su costado creí distinguir algún delfín que jugueteaba con las olas de espuma que formaba aquel barco al navegar, devolviéndome a la realidad. Estaba solo, las olas seguían con su ir y venir, tan tranquilas como antes. El sol se ponía detrás de aquellas montañas que se erguían desafiantes, como buenos vigilantes, todos los días de todos los años.
Había llegado la hora, tenía que marchar. Después de desperezarme, me puse a caminar lentamente. No dejaba de pensar en lo bonitos que pueden ser los  sueños si te dejas arrastrar por ellos. Caminaba hacia mi casa, meditando lo que había vivido aquella tarde. Había gente por todas partes, parejas de enamorados transmitiendo felicidad a los transeúntes que, como, yo los observaba. Daban rienda suelta a ilusiones que solo ellos compartían. Yo seguía mi camino como un sonámbulo, cabizbajo, pensativo. Aquella tarde me había traído recuerdos que yo creía olvidados, en lo más profundo de mí corazón.
Casi sin darme cuenta, me encontré a las puertas de mí casa. Volviendo a la realidad, con mano firme abrí y grité, “¡Lucia, donde estás!”. De dentro, salió una voz fácilmente reconocible para mí, “Estoy en el dormitorio de los niños. ¿Cómo es que vienes tan tarde?”, me recriminó. “Ya te contaré. ¿Dónde están los niños?”. “Jugando en el jardín. No paran de hacer travesuras. Ve a jugar con ellos, a ver si los distraes mientras preparo la cena”.
Salí al jardín, y allí estaban, muy animados con sus correrías y juegos.
- ¡Papá, papá! -gritaron al verme- ¿Por qué no juegas?
Me lanzaron la pelota.
- ¡Chútala fuerte, papá!
- ¡Hola hijos! ¿Cómo habéis pasado la tarde? Me dice mamá que no habéis parado de hacer, que sois incansables.
- No papá, ya sabes como es mama, quiere que nos estemos quietos, que hagamos muchos deberes... Pero nos hemos portado bien.
De pronto, se escuchó una voz desde la cocina.
- ¡Papa, niños, la cena os espera! ¡Lavaros todos las manos!
En la cena comentaron las anécdotas del día, sobresaliendo las de los niños. Todos estaban contentos por lo que había acontecido aquel día. Como estaban muy cansados, los niños decidieron irse a descansar pronto, ya que les esperaba otro día muy largo.
Les dieron las buenas noches, haciéndoles prometer que al día siguiente tendrían que jugar con ellos. Cuando quedaron solos, se acomodaron en el sofá dándose un beso apasionado. Quedaron unos momentos en silencio. De repente, rompiendo aquel momento de sosiego, ella pregunto.
- ¿Qué era lo que me tenías que contar?
- Bueno,  nada que tenga importancia, me he dedicado a pasear y recordar cosas vividas y tú estás muy presente en estos recuerdos. Hoy he terminado la faena un poco antes y me he dicho, ¿por qué no me doy un paseo por lugares que me traen buenos recuerdos?  Paseando tranquilamente y sin darme demasiada cuenta, ¿sabes a  dónde he ido a parar? ¡Ni te lo imaginas! ¿Te acuerdas de aquella playa que de novios solíamos visitar? Inmerso en mis  pensamientos, hasta allí he ido a parar. ¡Qué tiempos aquellos!
- Sí querido, cuán felices somos y qué regalo nos ha dado la vida. Dos niños preciosos, fruto de nuestro amor y alegría de nuestras vidas.
- Sí cariño, qué rápido se nos ha pasado el tiempo. Parece que fue ayer cuando nos conocimos. Por cierto, este sábado que viene, por la mañana temprano, cogeremos a los niños, nos marcharemos los cuatro a aquella playa solitaria. Los niños lo pasaran a lo grande y nosotros podremos revivir las historias de aquellos años felices cuando frecuentábamos aquellos parajes  
- Sí, lo dejamos todo preparado y seguro que pasaremos un día agradable.
Se cogieron de la mano, entrelazaron sus cuerpos y como dos adolescentes...
AGUSTÍN RUEDA  3/ 8/ 2009

lunes, 15 de febrero de 2010

EL CAMINO

El camino se hace eterno, se hace largo, muy largo,
en cambio en mi pensamiento, te llego a tener tan cerca
que te rozo con mis manos.

Estas manos que eran firmes
hoy temblorosas se han vuelto
como hojas al viento, a merced de su capricho,
se mecen, se tambalean, las piernas no me obedecen.

Recuerdo los días aquellos
¡Cuán felices hemos sido!
Aunque hubiera días grises, inundados de borrascas,
teniéndote a ti a mi lado, todos eran soleados.

Hoy, como otros muchos días,
enfrascado en mis pensamientos,
te recuerdo como siempre.
Mi corazón vuela alto
vagando por las alturas,
esperando el reencuentro.

Recuerdos, muchos recuerdos,
recuerdos que son pasado
pero los tengo tan frescos.

Nuestras salidas al campo,
tu sonrisa limpia, dulce.
Aquellos labios rosados.

Tus ojos de terciopelo, no me cansaba mirarlos.
Aquel cabello sedoso, entrelazado en mis dedos,
dedos hoy temblorosos por el paso de los años.

Este camino tan largo, noto que se está acortando
pero me siento sereno, tranquilo, sé que me estás esperando.
Retomaremos otra vez juntos aquello que un día iniciamos,
renacerá otro camino por el que ir caminando

AGUSTÍN RUEDA MOLINERO, 25/11/2009

jueves, 14 de enero de 2010

LA ABUELA DEL BOSQUE




El pueblo se veía solitario. Eran las tres de la tarde de un sábado de agosto. Hacía un sol de justicia que se desplomaba con sus rayos incandescentes. Derretía todo lo que encontraba a su alcance. Las puertas de las casas se encontraban, como cada día por esta época, entornadas. Los vecinos dormitaban con un sueño relajante. La calzada desprendía una ligera neblina, confundiéndose con los rayos del sol. El calor sofocante se había adueñado de todos los hogares. En la calle no se veía un alma. Un perro aprovechaba la sombra de un árbol centenario que había en la plaza mayor para echar una cabezada. De vez en cuando, abría los ojos, dando una fuerte sacudida de cabeza para espantarse alguna mosca molesta que  importunaba su sueño. Cambiaba de postura desperezándose y volvía a abandonarse en medio de aquel calor sofocante que amenazaba con no dejar descansar a los vecinos de aquel lugar. 
De pronto, aparecieron un grupo de niños. Iban calle arriba, haciendo mil y una travesuras, riendo, alborotándolo todo con sus juegos y correrías. Aquel animal los conocía bien. Incorporándose de un salto, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Sabía lo que suponía que lograran darle alcance. Sería un ensañamiento sin piedad, lanzándole piedras y todos los objetos que encontrasen a su alcance. Cada día que se juntaban los cuatro se repetía la historia. Juan, el cabecilla del grupo, era el más alborotador. Lo que Juan decía o hacía los demás lo secundaban. No osaban contrariarlo si no querían aguantar sus iras y amenazas. Si lograban alcanzarlo, iría a parar con sus huesos a la pila de agua que se utilizaba para dar de beber a los animales, principalmente caballos y mulas que venían del campo sedientos después de una larga jornada de trabajo, con sus dueños, cansados y exhaustos todos los atardeceres, cuando solían acabar las faenas diarias de aquellas tierras abruptas y desagradecidas, no rindiendo lo que aquellas gentes humildes pero trabajadoras se merecían. Así iban pasando el verano.        
Un día, a principios de otoño, apareció por el pueblo una señora. Se veía mayor. Iba sucia y harapienta, andrajosa, descuidada. A la buena anciana se la veía rebuscar repetidamente por los contenedores de basura algo que llevarse a la boca para comer. He aquí que los de la pandilla de Juan encontraron una nueva forma de divertirse a costa de la pobre señora. Cuando los veía aproximarse ya temblaba, no podía correr como ellos y siempre acababan dándole alcance. Se mofaban de ella, la llamaban mendiga, le tiraban de las ropas y le escondían las zapatillas para que no pudiera escaparse.
Así iba pasando el tiempo, sin que nadie de aquel pueblo hiciera nada para subsanar las  tropelías que los niños cometían con aquella pobre anciana sola y desvalida.


Un buen día, por el mes de noviembre, al salir de clase, los niños fueron a jugar al campo. Solían hacerlo. Íban a un bosque que se encontraba a un kilómetro del pueblo. Estaban subiéndose a los árboles y haciendo todo tipo de diabluras, cuando, de pronto, el cielo empezó a oscurecerse. En cuestión de minutos  todo quedó en tinieblas. Los niños no se veían los unos a los otros. La densa oscuridad reinante en aquel lugar dio paso al primer trueno. Sonó como un trallazo, rasgando el silencio de la tarde con un ruido ensordecedor. Instantes después, como si todos los demonios del infierno se hubiesen puesto de acuerdo, empezó a caer agua a raudales. Los relámpagos alumbraban el bosque dándole una imagen tenebrosa. Aquello parecía el fin del mundo. Los niños, completamente asustado, cohibidos, salieron corriendo. No pensando en el más pequeño que estaba subido a un árbol, muerto de espanto. Llamaba a sus amigos con todas las fuerzas que era capaz, pero ellos, obsesionados por escaparse de aquel infierno, no se percataron de la difícil situación que sufría el más pequeño del grupo. Solo pensaban en salir de allí cuanto antes, sin importarles la suerte que podía correr su amigo que, asustado, intentaba bajarse del árbol. Pero era tal el pánico que sentía que no conseguía moverse. Por fin, al cabo de un rato, la tormenta se fue disipando y desapareciendo por detrás de  las montañas que había a la derecha del bosque. El niño decidió bajar. Cuando había conseguido deslizarse dos metros, de pronto, resbaló y cayó del árbol. Quedó en el suelo maltrecho y gimiendo. No se podía mover. Como pudo, se arrastró y apoyó su dolorida espalda contra el árbol que tan mala pasada le había jugado. Así, sin poderse moverse, estuvo un largo tiempo tendido en el suelo.
Sus amigos, asustados, llegaron al pueblo, viendo que faltaba el más pequeño, pero era tanto el pánico que les invadía que optaron por no decir nada de lo sucedido en casa. Entretanto, los padres de Pablito estaban muy preocupados. El niño alguna vez había llegado tarde, pero dadas las condiciones atmosféricas que habían padecido aquella tarde por la inesperada tormenta, les asusto la idea que le hubiera ocurrido algo malo. Decidieron ir a casa de los amigos habituales del niño.
Entre tanto Pablito había quedado al pie del árbol extenuado, dolorido y contusionado. La lluvia, que le había empapado hasta los huesos hacía rato había cesado, pero él no paraba de gemir. De pronto, vio que alguien se acercaba. ¡Cuál sería su sorpresa al comprobar quién se acercaba¡ No daba crédito a sus ojos. “¿Estaré viendo visiones”?, se preguntaba al comprobar que  la mendiga que tantas veces habían torturado con sus juegos y diabluras se acercaba a él. Estaba asustado, pensaba, “¿Qué me hará? Me meterá en un pozo y me dejará morir por todo lo que le hemos hecho. Pagaré por todos”.
La señora se le acercó y le dijo, “No temas, vengo a ayudarte. Te sacaré de aquí. Ten confianza en mí, no te haré ningún daño”. El niño, un poco más tranquilo, permitió que lo cogiera en brazos. La señora, no sin dificultades, consiguió sacarlo. Como buenamente pudo, lo llevó a su choza, que no estaba lejos. Le miró la pierna que tenia rota, maltrecha. Puso un ungüento de hierbas que ella conocía y una madera a lo largo de la pierna. Se la  lio con un trapo y una cuerda para inmovilizársela.
Entre tanto, los amígos contaron a sus padres lo que había sucedido. La noche ya estaba desapareciendo, dando paso a una semiclaridad que pronto seguiría aumentando. Formaron un grupo de vecinos acompañados de los niños. Fueron al bosque donde habían estado jugando la tarde anterior. Todos iban gritando ¡Pablo¡ ¡Pablito! El bosque había quedado mal parado. Árboles caídos por doquier. La expedición iba exhausta. Se fueron acercando a la cabaña de la anciana que al sentir voces salió de su choza y les dijo, “Venid, acercaos, no sufráis  por el niño que está bien”. Los vecinos le preguntan con tono despectivo,
- ¿Tú cómo lo sabes abuela?
- Lo rescaté del bosque, pero no temáis por él. Con un tiempo de reposo quedará bien y la pierna sanará.
Todos entraron en tromba en la choza. Se lo encontraron tumbado en una cama vieja y destartalada  que la anciana le había preparado a costa de dormir ella en el suelo.

Cogieron al niño y a la anciana. Se los llevaron al pueblo. El niño en poco tiempo sanó. La anciana, entre todo el pueblo, le habilitaron una casa vieja que había abandonada. Todos  se volcaron con ella. Los niños nunca más se mofaron. Llegó a ser muy querida en aquel pueblo donde tan desgraciada se había sentido. Nunca más pasó necesidades. Vivió feliz entre aquellas personas por el resto de sus días.
Aquellos niños aprendieron la lección, y aunque se hicieron adultos, cuando tenían ocasión, visitaban a la abuela que aquel día demostró estar llena de bondad y tener un gran corazón.

AGUSTÍN RUEDA MOLINERO, 25/4/2009